La sorpresa de Pilar Rahola

Todos conocemos – o creíamos conocer  – a Pilar Rahola, personaje público de dilatada trayectoria en política y periodismo, de tendencia netamente independentista catalana, que se atribuye una ideología de izquierdas y abiertamente pro-abortista y que suele exhibir un carácter un tanto polémico en sus apariciones públicas.

Cuando hemos sabido que el director nacional de Obras Misionales Pontificias (OMP) y, por tanto, responsable de la campaña del Domund 2016, Anastasio Gil, había elegido a Pilar Rahola para pronunciar el pregón de este año, muchos hemos quedado perplejos.

El lema elegido para este Domund 2016 era “Sal de tu tierra” y, ciertamente, la Iglesia ha dado ejemplo de ese espíritu, yendo a buscar a una persona que se declara atea, pero cuyo mensaje rotundo podría ser escuchado y atendido por gran parte de la población no creyente. Así parece que lo entendieron los que llenaban el templo de la Sagrada Familia en Barcelona y así lo podemos entender nosotros, no sin sorpresa, al leer el texto del pregón.

Por razones de espacio no podemos reproducir aquí el texto completo (se puede encontrar fácilmente en internet a través de este mismo blog), pero entresacamos algunas frases significativas, pronunciadas por Pilar Rahola, sin ningún riesgo de sacarlas de contexto, porque todo el pregón está impregnado del mismo espíritu.

Decía literalmente (el subrayado es mío)

“…estoy aquí porque he recibido el inmerecido honor de ser la pregonera de un grandioso acto de amor que, en nombre de Dios, nos permite creer en el ser humano.

No soy creyente,…Pero tengo que ser sincera, porque, aunque me conmueve la espiritualidad que percibo en un lugar santo como este y admiro profundamente la elevada trascendencia que late el corazón de los creyentes, Dios me resulta un concepto huidizo y esquivo. Sin embargo, esta dificultad para entender la divinidad no me impide ver a Dios en cada acto solidario, en cada gesto de entrega y estima al prójimo que realizan tantos creyentes, precisamente porque creen. ¡Qué idea luminosa, qué ideal tan elevado sacude la vida de miles de personas que un día deciden salir de su casa, cruzar fronteras y horizontes, y aterrizar en los lugares más abandonados del mundo, en aquellos agujeros negros del planeta que no salen ni en los mapas! ¡Qué revuelta interior tienen que vivir, qué grandeza de alma deben de tener, mujeres y hombres de fe, qué amor a Dios que los lleva a entregar la vida al servicio de la humanidad! No imagino ninguna revolución más pacífica ni ningún hito más grandioso.

 Vivimos tiempos convulsos, que nos han dejado dañados en las creencias, huérfanos de ideologías y perdidos en laberintos de dudas y miedos. Somos una humanidad frágil y asustada que camina en la niebla, casi siempre sin brújula. En este momento de desconcierto, amenazados por ideologías totalitarias y afanes desaforados de consumo y por el vaciado de valores, el comportamiento de estos creyentes, que entienden a Dios como una inspiración de amor y de entrega, es un faro de luz, ciertamente, en la tiniebla.

…Hablo de ellos, de los misioneros, y esta palabra tan antigua como la propia fe cristiana… ha sido ensuciada muchas veces, arrastrada por el fango del desprecio. Es cierto que los misioneros tienen un doble deseo, una doble misión: son portadores de la palabra cristiana y, a la vez, servidores de las necesidades humanas. Es decir, ayudan y evangelizan, y pongo el acento en este último verbo, porque es el que ha sufrido los ataques más furibundos, sobre todo por parte de las ideologías que se sienten incómodas con la solidaridad, cuando se hace en nombre de Cristo…

 … hay que poner en valor la entrega de miles y miles de cristianos que, a lo largo de los siglos, han hecho un trabajo de evangelización, convencidos de que difundir los valores fraternales, la humildad, la entrega, la paz, el diálogo, difundir, pues, los valores del mensaje de Jesús, era bueno para la humanidad. Si es pertinente hacer proselitismo político, cuando quien lo hace cree que defiende una ideología que mejorará el mundo, ¿por qué no ha de ser pertinente llevar la palabra de un Dios luminoso y bondadoso, que también aspira a mejorar el mundo? ¿Por qué, me pregunto —y es una pregunta retórica—, hacer propaganda ideológica es correcto, y evangelizar no lo es? Es decir, ¿por qué ir a ayudar al prójimo es correcto cuando se hace en nombre de un ideal terrenal, y no lo es cuando se hace en nombre de un ideal espiritual?

 …Quiero decir, pues, desde mi condición de no creyente: la misión de evangelizar es, también, una misión de servicio al ser humano, sea cual sea su condición, identidad, cultura, idioma…, porque los valores cristianos son valores universales que entroncan directamente con los derechos humanos. Por supuesto, me refiero a la palabra de Dios como fuente de bondad y de paz, y no al uso de Dios como idea de poder y de imposición. Pero, con esta salvedad pertinente, el mensaje cristiano, especialmente en un tiempo de falta de valores sólidos y trascendentes, es una poderosa herramienta, transgresora y revolucionaria; la revolución del que no quiere matar a nadie, sino salvar a todos.

 Permítanme que lo explicite de una manera gráfica: si la humanidad se redujera a una isla con un centenar de personas, sin ningún libro, ni ninguna escuela, ni ningún conocimiento, pero se hubiera salvado el texto de los Diez Mandamientos, podríamos volver a levantar la civilización moderna. Todo está allí: amarás al prójimo como a ti mismo, no robarás, no matarás, no hablarás en falso…, si me disculpan la broma, solo sería necesario que los políticos aplicaran las leyes del catecismo para que no hubiera corrupción ni falsedad ni falta de escrúpulos. El catecismo, sin duda, es el programa político más sólido y fiable que podamos imaginar.

Y de la idea menospreciada, criticada y tan a menudo rechazada de la evangelización, a otro concepto igualmente demonizado: el concepto de la caridad. ¿Cuántas personas de bien que se sienten implicadas en la idea progresista de la solidaridad, y alaban las bondades indiscutibles que la motivan, no soportan, en cambio, el concepto de la caridad cristiana? Y uso el término con todas sus letras: caridad cristiana,…esta idea, que personalmente encuentro luminosa, pero que otros consideran paternalista e incluso prepotente, ha sido el sentimiento que ha motivado a millones de cristianos, a lo largo de los siglos, a servir a los demás. Y cuando hablamos de los demás, hablamos de servir a los desarraigados, a los olvidados, a los perdidos, a los marginados, a los enfermos, a los invisibles. ¡Quiénes somos nosotros, gente acomodada en nuestra feliz ética laica, para poner en cuestión la moral religiosa, que tanto bien ha hecho a la humanidad! La caridad cristiana ha sido el sentimiento pionero que ha sacudido la conciencia de muchos creyentes, decididos a entregar la vida propia para mejorar la vida de todos.

…misioneros victimas,…todos ellos, caídos en el servicio a la humanidad, motivados por su fe religiosa y por la bondad de su alma. Isabel, Manuel, Miguel son la metáfora de lo que significa el ideal del misionero: el de amar sin condiciones, ni concesiones. Si Dios es el responsable de tal entrega completa, de tal sentimiento poderoso que atraviesa montañas, identidades, idiomas, culturas, religiones y fronteras, para aterrizar en el corazón mismo del ser humano, si Dios motiva tal viaje extraordinario, cómo no querer que esté cerca de nosotros, incluso cerca de aquellos que no conocemos el idioma para hablarle.

 No encuentro palabras más intensas para describir la fuerza grandiosa del amor. He dicho al inicio de este pregón que no soy creyente en Dios, y esta afirmación es tan sincera como, seguramente, triste. ¡Estamos tan solos ante la muerte los que no tenemos a Dios por compañía! Pero soy una creyente ferviente de todos estos hombres y mujeres que, gracias a Dios, nos dan intensas lecciones de vida, apóstoles infatigables de la creencia en la humanidad. El papa Francisco ha pedido, en su Mensaje para este DOMUND, que los cristianos «salgan» de su tierra y lleven su mensaje de entrega,… porque los motiva el sentido de servicio y la fe trascendente. Es un viaje hacia el centro de la humanidad. Esta llamada nos interpela a todos: a los creyentes, a los agnósticos, a los ateos, a los que sienten y a los que dudan, a los que creen y a los que niegan, o no saben, o querrían y no pueden. Las misiones católicas son una ingente fuerza de vida, un inmenso ejército de soldados de la paz, que nos dan esperanza a la humanidad, cada vez que parece perdida.

Solo puedo decir: gracias por la entrega, gracias por la ayuda, gracias por el servicio; gracias, mil gracias, por creer en un Dios de luz, que nos ilumina a todos.”

La primera lección que recibimos es que no se puede juzgar a las personas por las etiquetas que llevan puestas. Hay que escucharles y entender su mensaje. Todos podemos tener una porción de verdad.

La segunda es admitir que una persona no creyente tenga más valentía para expresarse públicamente en estos términos que los que frecuentamos las parroquias para nuestra misa y nuestras reuniones.

Y, finalmente, que teniendo tan cerca a nuestros Misioneros, apenas somos capaces de descubrir ese espíritu de amor y entrega que señala Pilar Rahola, y de impregnarnos nosotros  mismos de ese espíritu.

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El Evangelio inacabado, o…la encíclica como apéndice de la Biblia

Las intervenciones del Papa Francisco traen a la primera plana temas de gran profundidad, la protección de la Naturaleza ( la Casa Común ), por ejemplo.

Buscando en las Escrituras referencias a ese cuidado de la Tierra, no las encontramos con facilidad en el Evangelio. ¿Sorprendente? Seguramente, no. ¿Era un problema candente hace 20 siglos, en un mundo de pastores, agricultores, pescadores,…? ¿Qué cara hubieran puesto los discípulos cuando Jesús hubiera hablado de emisiones tóxicas, de energías renovables, o hubiera narrado una supuesta “parábola del especulador inmobiliario”?

¿Y en el Antiguo Testamento? Pues hay un texto bien conocido que ha podido llevar a interpretaciones erróneas, en relación con el mandato de “dominar” la tierra y de “labrarla y cuidarla”, pero no de “explotarla” :

“…Entonces dijo Dios: Hagamos al ser humano a nuestra imagen, según nuestra semejanza, para que dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las bestias salvajes y los reptiles de la tierra. Y creó Dios al ser humano a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y mujer los creó. Y los bendijo Dios diciéndoles: Crezcan y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven por la tierra. Y añadió: Les entrego todas las plantas que existen sobre la tierra y tienen semilla para ser sembradas; y todos los árboles que producen frutos con su semilla les servirán de alimento…. Y así fue. Vio entonces Dios todo lo que había hecho, y todo era muy bueno” (Gen 1, 26-31).

La doctrina de la Iglesia ha venido aclarando que 1) para la tradición judeocristiana, “creación” es más que naturaleza y, según esta perspectiva, la creación tiene que ver con un proyecto del amor de Dios donde cada criatura tiene un valor y un significado; 2) para el pensamiento bíblico, la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra y la ruptura de esos vínculos fundamentales, no solo externamente, sino también dentro de nosotros, es el pecado; 3) la teología de la creación nos recuerda que no somos Dios y que la tierra nos precede y nos ha sido dada.

No obstante, el mensaje de la Iglesia nunca ha sido tan claro como, recientemente, en este s.XXI, cuando el Papa Francisco ha levantado su voz ante todo el mundo, cristianos o no, dirigentes y ciudadanos, en homilías y discursos, tal como en el reciente viaje a Cuba y EEUU, o con la publicación de la encíclica Laudato si, sobre el cuidado de la Casa Común. El texto consta de seis capítulos: (1) “Lo que está pasando a nuestra casa”; (2) “El Evangelio de la creación”; (3) “Raíz humana de la crisis ecológica”; (4) “Una ecología integral”; (5) “Algunas líneas de orientación y acción”; y (6) “Educación y espiritualidad ecológica”.

El hilo conductor que atraviesa toda la encíclica es saber responder al desafío urgente de proteger nuestra casa común. Eso incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral.

 Siete son los aspectos señalados por el Papa: problemas que hoy provocan inquietud y que ya no se pueden mantener ocultos

  • Contaminación y cambio climático
  • La cuestión del agua
  • Pérdida de biodiversidad
  • Deterioro de la calidad de la vida humana y degradación social
  • Inequidad planetaria, porque el ser humano y la naturaleza se degradan juntos
  • La debilidad de la reacción política internacional
  • La diversidad de opiniones, falta de acuerdo.

Si de verdad queremos construir una ecología que nos permita sanar todo lo que hemos destruido, dice Francisco, entonces ninguna rama de las ciencias y ninguna forma de sabiduría puede ser dejada de lado, tampoco la religiosa con su propio lenguaje. Explica que, si el solo hecho de ser humanos mueve a las personas a cuidar el ambiente del cual forman parte, “los cristianos, en particular, descubren que su cometido dentro de la creación, así como sus deberes con la naturaleza y el Creador, forman parte de su fe”. De ahí que a este momento de interpretación, interpelación y compromiso ético se le denomina “Evangelio de la creación”.

Es por eso que titulábamos esta reflexión como El Evangelio inacabado, refiriéndonos a los textos que constituyen la Biblia “tradicional”. El complejo mundo actual plantea problemas al Hombre para los que no parece que la Biblia haya llegado a tiempo de dar respuesta. Necesitamos que surjan profetas, inspirados por Dios, que continúen escribiendo nuevos capítulos. Parece que el Papa Francisco está en ello. Gracias, Señor.